Domingos de otoño.
Poca luz y largas noches.
La soledad es como un tiro en el pecho.
Hoy me he dejado arrastrar por la melancolía.
Cuando mis manos han bajado.
He pensado en ti.
Llegar a casa sin compañía siempre me disgustó.
No sé estar sola.
Y a la vez hay tan pocas personas dignas de entrar en mi hogar.
Seis años tratándome como una beata y otros tres como puta.
Y otros tantos que me quisieron a medias.
Todos intentando complacer mis caprichos.
Surfeando mis altibajos.
Pero llegaba en paz, un hombro en el que apoyarme si quería.
Y ninguno me supo domesticar.
Ni el buenísimo, ni el malísimo.
Ni el intermedio.
Cuando los tenía a mi merced, me acababa aburriendo.
Nadie, ni nada me llena.
Y siento un vacío terrible.
Y un hambre voraz de contacto humano, una libido animal.
Y unas ganas de soledad después aún mayores.
Me he enamorado tantas veces que igual lo he desgastado.
Al amor, a la paz, a la vida.
Demasiado inteligente para ser feliz, demasiado vaga para serlo.
M estuvo tan cerca de dominarme que se quemó como quien vuela demasiado cerca del sol.
Y lo pagamos caro.
Se me agota la belleza tonta de la suerte genética.
Y aun así todos saben que tengo ese “algo”.
Todos y todas se siguen girando a verme cuando llego a cualquier sitio.
Les fascino porque aún no han visto todas mis cicatrices y mi infierno.
O les espanto porque asoma mi mierda de autoestima.
En realidad soy una narcisista inofensiva.
Que se quiere día si y día no. Todo el rato a medias.
Que busca más el ser querida por méritos propios.
Ya ni tengo fuerzas de ser completamente superficial.
Soy una gata buena por pereza, que busca jugar mientras me queden energías…
Solo puedo decir unas verdades, moriré sola, pero si alguien decide quedarse no se va a a aburrir.
Un imposible que me aguante.
Que pena joder…
Muchos no lo saben.
Tengo cicatrices por todo el cuerpo de las palizas que me metían cuando era una cría.
Tuve que largarme de casa antes de haber podido elegir el futuro de mis sueños.
Aguanté hematomas, esguinces y agujetas imposibles cinco días de la semana de los 17 a los 19, para que nunca más nadie pudiera atreverse siquiera a ponerme una mano encima.
Aguanté jornadas de 16 horas, con varios trabajos al mismo tiempo y a veces estudiando a la vez, para que nadie pudiese decir que era una niña mimada.
Estudié, unas veces apasionada y otras con depresión, me leí a grandes clásicos, me descargué en su día miles de películas y canciones e hice viajes con un presupuesto irrisorio para que nadie pudiese llamarme inculta.
Me he hecho daño a mi misma de múltiples maneras, a veces un pensamiento era más aterrador que un corte. A veces me he anestesiado demasiado.
Asi que si alguien se atreve a pensar que soy débil…
Tiene toda la razón del mundo.
Porque a día de hoy aún me estoy recuperando de todo eso.
Aún tengo ganas de hacerme daño pero lo hago en la justa medida para no preocupar a los demás.
Y me lo he grabado en tinta, para siempre.
Para ser cada día menos débil.
Aún así, algunos siguen intentando romperme…
Les compadezco.
Porque, por mucho daño que pueda hacerme, jamás se lo haría a otro a conciencia.
Y eso no me convierte en alguien bueno.
Sólo en alguien que ha decidido aprender de ciertos errores.
A veces me siento jodidamente sola.
En busca de alguien que me bese las cicatrices y me diga que todo saldrá bien.
Pero no puedo mendigar amor caduco.
Solo tengo que esperar a uno recíproco, aunque sea propio.
Lo patético de alguien vacío y seco por dentro…
Que se sienta a espiar si su veneno te ha afectado.
Que una vez creyó tenerte en sus manos.
Pero no llegó ni a traspasar la primera capa.
Podría hundirte en la miseria con desearlo.
Y sin importarme.
Pero como de verdad no me importa.
No pierdo el tiempo.
No soy de nadie.
Nunca volveré a serlo.
Ni “para siempre “ con vestido blanco.
Ni “eres mía “ hasta hacerme pequeña.
No seré la cómplice, ni la secretaria.
Ni la que cuida pero la dejan sola.
Ni la que mantiene “nuestro” hogar.
Iros a la mierda.
La vorágine te envuelve de nuevo.
Lunes, martes, miércoles...
Todos los días te ríes y pides "la última cerveza, pero la última".
Y siempre es la penúltima.
Hasta que caen las 12 y te vas corriendo como Cenicienta.
Sientes que estás recuperando un poco las ganas de los 20.
Esas con las que salías a comerte el mundo.
Y que se fueron desgastando con las parejas y la vida de adulto.
Empiezas a verte como lo que eras antes.
Antes de convertirte en propiedad de alguien.
Y sienta mejor que cualquier droga.
La gente te busca.
Y si quieres estar sola, te vas.
Nadie te pide explicaciones al llegar.
Nadie te juzga, ni te hace sentir mal.
Te preparas de comer lo que te da la gana.
Eliges libremente la ropa, las películas y la música a todo volumen.
Y duermes ocupando la cama en diagonal.
Como me había echado de menos...
Bienvenida de nuevo Ana.
Soltera y feliz.
Entre mis piernas hay rincones aún sin explorar.
Aunque todos los lunares que hay en ellas han sido besados.
Quizás han salido más en los últimos meses.
Él ya nunca lo sabrá.
Muero en cada jadeo y renazco en cada embestida.
Esto es lo único que ha sido para mi veraz en la vida.
La lucha entre dos cuerpos.
Entre latidos acelerados.
Entre sábanas revueltas.
Es la única forma de amar a otros que me voy a permitir desde ahora.
Me diluyo en las pastillas pequeñas y blancas.
Me calman y hacen que desaparezca el pasado y el futuro.
Sólo queda un presente debajo de mi edredón.
Me siento agusto y protegida.
Sola, pero me da igual.
Dormir durante horas hace que no esté en vuestro mundo.
Y el mío por ahora es lo único que me da paz.
Los problemas desaparecen.
Y las culpas.
Y tú.
Hasta que vuelva a despertarme.
En este mundo hostil que me toca vivir.
Espero que entiendas la forma en la que me rompo.
En la que me corrompe mi ansiedad.
En la que me desmorono hasta dejar de ser.
Hasta que el ser se diluye en tormento.
Y el dolor lo posee todo.
Los límites se parten y me parten.
Y temo temerme por temor al dolor.
Perdida y olvidada en los espejos.
Reflejándose sin verse.
No me gusto, no le gusto a nadie así, así de débil.
Y sin embargo, es mi eterna carga.
Vivir con ello.
Cuando me dicen cosas como "hay que medir todo contigo y ser delicados por tus problemas cuando siendo una tía inteligente no te da la gana respetar los espacios de los demás", siempre pienso en que el símil es que le pidan a una persona en silla de ruedas que se levante y baile de pie mientras los demás pueden caminar tranquilamente.
En fin.
Me río por no llorar.
Una hora.
Tres.
Insomne total.
Unas caladas.
Miro las dormideras blancas, pequeñas, en su blister.
Sólo una no es suficiente.
Pero no me atrevo a tomar más.
No quiero volver a ese bucle infinito.
Así que mientras, fumo y espero.
En paquete azul y a veces en verde.
Con mi cuerpo dolorido.
Echándote de menos. Echándote de más.
Tu olor me calmaba como el opio.
Y el rodeo de tus brazos y piernas me fijaba en la superficie.
Ahora flotamos en un mar de dudas.
Dando vueltas en la cama.
Casi prefiero que desaparezcas.
"Miedo a saber que no estás bien y no a poder ayudarte.
A las ganas de volver a tenernos como antes.
A no poderte rezar ni curarte las heridas.
Tengo miedo a preguntar...
Si me extrañas en tu vida.
Hagamos las paces, qué hay que perder.
Yo ya no quiero toda esta idiotez.
Echo de menos mirarte y poder arreglar el mundo con otro café.
Siento si el remedio te dolió.
Pensé que era aún mejor, para ti, para mi no.
Y duele, siempre duele abandonar.
Sobre todo a quien se quiere.
Tuve que dejarme atrás....
Siempre la verdad por delante.
Siempre la verdad te lo dije..."
Natalia Fustes.
Gracias.
Pienso en tus brazos rodeándome, lo recuerdo a cada rato.
Metiendo la nariz en la camiseta y diciéndome que por siempre recordaré ese olor.
Y ayer no pude no bucear entre mis piernas, pensando que harías lo mismo.
Tan cerca y tan lejos, joder.
Podríamos querernos más.
Y hacerlo mejor.
Pero creo que nos queremos a nosotros tan poco....
Que siempre nos querremos un poco raro.
Tristemente puesta en pie, acaricias con los dedos la esperanza muerta, la torpeza y la vergüenza de este año que no fue, ese año que esperábamos tener.
Y lamentas con miradas, lo que no se puede ni explicar, lo que no has guardado, porque al no ser lo esperado, no quisiste ni archivar, ni un solo momento, ni un segundo odiado, de este amor impuro y agotado, enfermo y delicado, pequeño y despistado que se apaga...
Repetimos los errores, que si antes eran grandes ahora son enormes, lamentamos no tener uno al otro y darnos flores, que nos alivien un instante, cambien todo y nos perdonen.
Nuestra falta de cabeza es peor que la pobreza, porque no nos ha dejado tener nada.
Este amor se apaga, cómo terminan los mensajes que no mandas, cómo terminan las canciones que no acaban...
Ivan Ferreiro en bucle.
No se habla de otra cosa.
Pandemia, mascarillas, crisis.
Trasnochar en casa, poco ruido.
Ya no hay multitud que arrolle.
No hay abrazos sin miedo.
Ni besos accidentales.
Ni "conozco un sitio, una más".
Ansiedad del bienhechor.
Corrupción de la libertad.
Madurez impuesta.
Antes, si me quedaba despierta toda la noche, a sabiendas de que si me entraba pánico, podría ponerme las deportivas y salir a andar muy rápido e inspirar profundamente el silencio de la calle.
Hoy mi única rebeldía es ir sin mascarilla del portal al coche a las cinco de la mañana, para ir a currar, e inspirar ese silencio mirando de reojo si viene policía.
A los bohemios, que no negacionistas, porque servidora no es estúpida, nos han jodido la vida.
Ya no podemos discutir del nihilismo durante horas en un café; entre lo políticamente correcto, lo responsable y el toque de queda, las reuniones son escasas, las cervezas caen rápido y sólo suspiramos deseando que todo acabe.
Que haya sido una pesadilla, un mal recuerdo.
Cómo es que en tan pocos años, el mundo ha cambiado tanto...
Puritanismo.
Los veinte son para eso, para ser puritano.
Para gritarle al mundo que eres culto y pasas de las modas, que eres único.
Igual de único que todos los demás.
Pero los treinta...
Los treinta son una mierda.
Empiezas a darte cuenta de que las modas te pasan.
Que quieres volver a disfrutar de cada fiesta absurda.
Que las cosas que estaban en su sitio van en sentido de la gravedad.
Que no eres un bendito, tu metabolismo tampoco.
Tu cuerpo grita como un adolescente.
Encerrado en una fábrica de sueños amargos.
Y no, no eres como Benjamin B.
Te excitan cosas extrañas porque lo normal aburre.
El sexo deja de ser un secreto a voces.
Y te preguntas si estás donde querías estar.
Renunciar es la palabra clave.
La que te acompañará el resto de tu vida.
A todo lo que quieras renunciar....
Cuando esbozar una sonrisa resulta titánico.
Cuando no hay motivo para dejar la cama.
Cuando las ganas de llorar son permanentes.
Cuando dejas el automático puesto.
Impotente, incomprendida, sola.
Y tienes que seguir.
Para demostrar, no sé muy bien por qué, o a quienes, que puedes seguir.
Que eres normal.
El mundo estructurado en dinero te necesita normal y funcional.
Cómo se les ha olvidado a ellos, que es el mundo y no ellos los que te necesitan así.
Porque el dinero ayuda, pero no me compra nada de lo que necesito.
No lo puedo cambiar por ganas de vivir, ni por autoestima.
Y no puedo pagar la compasión, ni puedo devolver la autodestrucción.
Joder.