martes, 18 de agosto de 2026

Igual no lo conocisteis.
Una bañera roñosa o destintada que daba un aspecto de mugre absoluta en una habitación de otro hospital mugriento, con ocho camas llenas de niños delirando, sin poder bañarse en esa bañera roñosa, llorando y algunos rezando por sus padres, antes de que una fiebre sudorosa se los llevase, quietos, pálidos, con los ojos abiertos y las pupilas ya casi como ojos de pez, tibios del todo 
Y ahí seguía yo, rompí el cristal de la habitación consiguiente y me pegaron hasta dejarme la carne en sangre, desesperada, gritando que quería ver a mis padres, sabiendo que una había muerto y yo aún no me lo creía y que el otro se había largado hacia otro lado.
Fue la primera vez que me di cuenta del abandono absoluto.
Y la primera vez que lloré desde que me habían dicho un domingo, en otro hospital en el que estaba con sangrías por pieronefritis, que ella había muerto y que yo, un frío domingo de noviembre del 1997 no podía ir al funeral porque nadie había quien me hubiese esperando ante aquel suceso.
Y por eso me costó meses llorar y creerme, cuando vi esa bañera negruzca, que jamás se iba a usar, que yo ya había dejado de tener una familia.
No era nadie.
Estaba en una habitación de hospital, envuelta en papel blanco tapando el cristal que había roto por cuarentena, a saber de qué.
Pero si recuerdo aquellos cuerpos pálidos y con las cuencas casi vacías que las enfermeras, tapadas hasta los cuellos venían a llevarse en el más absoluto silencio.
Y quizás siga aquí, rompiendo ventanas y contagiando algo que ni sabía, para contar lo que me pasó.
La primera realidad con la muerte, de sopetón y casi irreal.

No hay comentarios: