miércoles, 9 de septiembre de 2026

Cada vez que me olvido de que soy un ser aún viviente, aparece en alguna parte una frase que le recuerda y me hace llorar porque me viene de sopetón todo el abanico emocional que sentí en toda mi vida, empezando por un torbellino de amor y fascinación absoluta.

Cuando sientes ese tipo de amor y lo recuerdas, incluso cuando se presente ante ti la peor persona del mundo, no la matarías ni aunque tuvieses inmunidad ante ello.

La describirías qué se siente.

Y que nacemos para experimentar ese sentimiento, y solo por ello podemos elegir, esa es la verdadera libertad.

Y lo demás es superficial y la muerte, tarde o temprano nos acaba borrando del mapa para el fin de los tiempos.


Vivimos en un mundo que se atropella, olvidándose de ese sentimiento tan intenso, tan desgarrador, que pretendemos encerrarnos en una burbuja de pánico.

Un mundo que selecciona quien debe vivir, y en resumen de todas las cosas, quien debe ser amado o libre.

Si éticamente valoramos a un ser en su pobreza, en su desesperación y le hacemos indigno de cualquier clase de amor, sacamos la parte más visceral del ser humano, la más animal: la violencia y la ferocidad, la pura psicopatía.

Y claro, ningún psicópata tiene derecho de amar ni podrá hacerlo.

Ese es la mayor mentira del sistema capitalista vigente, en comercializar no un derecho, ni una obligación, que pueden medirse en términos de meritocracia o humanidad, pero se niega algo mucho más grande, la oportunidad de poder experimentar ese "amor" o compasión infinita y catalogarlo en capital.

El capital de las emociones...